22 de septiembre de 2011

Perreo, papi, perreo…

La columna “El jaleo del perreo” de Ana Lydia Vega trajo muchos recuerdos
a mi mente, pues el reguetón fue para mí lo que la salsa fue para mis padres: la
música de mi generación. Me gustara o no, era lo que ponían en los paris de la
escuela, la que bailaban todos mis amigos y compañeros. A pesar de que algunas -
o la mayoría- de las canciones tuviesen líricas sobre violencia, súper sexuales y
hasta denigrantes hacia las mujeres, algunas de esas canciones me recuerdan a mis
años en la escuela.
Soy consciente de que sus letras violentas fueron y siguen siendo producto de la realidad que encuentran sus autores e intérpretes en la calle. La mayoría de ellos proviene de hogares pobres, muchos de residenciales, en donde el narcotráfico y la violencia son más evidentes. Además, el bombardeo sexual que recibimos a través de los medios de comunicación conducen a la visión de la mujer como objeto sexual. Sin embargo, el escándalo que se formó cuando el perreo explotó me hace pensar en la manía de los adultos en señalar “que la juventud se está perdiendo”, cuando en realidad esa juventud es producto de la educación que le brindaron las generaciones anteriores, de la sociedad que ellos le legaron a sus hijos.  Ana Lydia Vega lo resume al decir que “la pobreza, la desigualdad y la adicción no son invenciones de los jóvenes”. Y sus palabras fueron proféticas, a medida que el reguetón fue expandiéndose, las letras se suavizaron, los bailes cambiaron y hasta la senadora Velda González perreó.

7 de septiembre de 2011

No son dos voleibolistas solamente, son 785 puertorriqueños

 Opinión

                                           
         No es extraordinario que cuando se encienda el televisor para ver el noticiero matutino mencionen que mataron a varias personas la noche anterior. En medio del desayuno se comenta que esto es “normal” y se atribuye a que “fue por drogas”.   Pero suceden crímenes inusuales como la de los dos jóvenes voleibolistas que fueron acribillados frente a un pub que le dan una bofetá al taparoto de que “fue por drogas” y le recuerda al país que aquí nadie está exento de las balas que llueven a diario. Entonces de paso mencionan que en el fin de semana mataron a 14 personas más. La verdad es que la cifra de asesinatos en Puerto Rico durante el 2011 parece sacada de una historia de horror. Si el 2010 fue el año más sangriento, éste le supera por más de 116 a la fecha (según estadísticas publicadas en El Nuevo Día el 6 de septiembre, seguramente ya haya aumentó).
¿Por qué pasa esto? ¿Por qué cada vez que salimos a la calle nos exponemos a morir de manera violenta? Aparte de la violencia de género y los crímenes de odio, a los cuales NUNCA nos debemos acostumbrar, cada uno de los 785 asesinados no estaban relacionados al narcotráfico.
         No soy criminóloga ni socióloga para contestar estas preguntas a cabalidad, pero reconozco que las raíces de la violencia en Puerto Rico están ancladas en un sinnúmero de factores históricos, sociales y culturales que contribuyen a su crecimiento descontrolado. Puerto Rico tiene una historia plagada de opresión, colonialismo y manipulación de la identidad puertorriqueña que ha creado un sentimiento de desorientación, una baja autoestima como pueblo. Además, la dependencia ideológica de un país que no comparte la propia cultura y que ha indoctrinado a la masa a sentirse atados y sin salida al limbo político actual causa que muchos sientan desesperanza ante las circunstancias. Esa desesperanza agrava la crisis de salud mental que hay en el país y no empiezo a hablar de los problemas en los servicios públicos para la salud mental porque no termino. En adición, una economía subterránea que genera más ingresos que los empleos asalariados junto a la altísima tasa de desempleos que se agravó con los recientes despidos masivos. Un sistema de educación ineficiente en muchos aspectos, comenzando por la enseñanza de nuestra verdadera historia. Si más puertorriqueños fueran conscientes de que sus antepasados se partieron la espalda en los cañaverales para darles de comer a sus hijos y las penas que pasaron “pa’ echar pa’ lante”, se avergonzarían de escuchar que se matan los unos a los otros por estacionamientos y tragos derramados. Urge que miremos a nuestro alrededor y nos demos cuenta de cuán valiosa es la vida. Que hay oportunidades para progresar y formas resolver los conflictos sin dispararle a nadie. En fin, de vivir en paz.