La columna “El jaleo del perreo” de Ana Lydia Vega trajo muchos recuerdos
a mi mente, pues el reguetón fue para mí lo que la salsa fue para mis padres: lamúsica de mi generación. Me gustara o no, era lo que ponían en los paris de la
escuela, la que bailaban todos mis amigos y compañeros. A pesar de que algunas -
o la mayoría- de las canciones tuviesen líricas sobre violencia, súper sexuales y
hasta denigrantes hacia las mujeres, algunas de esas canciones me recuerdan a mis
años en la escuela.
Soy consciente de que sus letras violentas fueron y siguen siendo producto de la realidad que encuentran sus autores e intérpretes en la calle. La mayoría de ellos proviene de hogares pobres, muchos de residenciales, en donde el narcotráfico y la violencia son más evidentes. Además, el bombardeo sexual que recibimos a través de los medios de comunicación conducen a la visión de la mujer como objeto sexual. Sin embargo, el escándalo que se formó cuando el perreo explotó me hace pensar en la manía de los adultos en señalar “que la juventud se está perdiendo”, cuando en realidad esa juventud es producto de la educación que le brindaron las generaciones anteriores, de la sociedad que ellos le legaron a sus hijos. Ana Lydia Vega lo resume al decir que “la pobreza, la desigualdad y la adicción no son invenciones de los jóvenes”. Y sus palabras fueron proféticas, a medida que el reguetón fue expandiéndose, las letras se suavizaron, los bailes cambiaron y hasta la senadora Velda González perreó.
